Una columna de Colectivo Mar y Cueca.
Por Diego Arriagada Mena
En el escenario, una actriz se convierte en rito. No actúa: se deja poseer. En STELLA TERRAL, montaje de TeatroPuerto presentado en el Teatro del Puente, su cuerpo se abre como portal a la voz de Stella Díaz Varín, La Colorina, la poeta indómita del cabello rojo. Lo que ocurre frente al público no es una representación, sino una invocación: la reaparición de una mujer que hizo de su vida y su palabra un gesto de desobediencia.
La actriz transmuta entre fragmentos, ritmos y pausas. Cada gesto abre una grieta por donde se filtran las múltiples Stellas posibles: la joven que llega desde La Serena en 1947 con el sueño de estudiar medicina; la comunista que discute entre copas y manifiestos; la poeta que incendia el lenguaje con furia y ternura. No imita, encarna. Su respiración, su temblor y su voz componen una presencia que traspasa el tiempo.
El rojo no es solo color: es territorio político
Stella publicó Razón de mi ser en 1949, irrumpiendo en una escena literaria dominada por hombres. Escribió sobre la muerte, el deseo y la política, y convirtió su cuerpo y su cabello rojo en una bandera. Fue una figura irreductible, una poeta que hablaba desde la herida y la rebeldía, transformando su vida en manifiesto.
Ese rojo impregna toda la obra. Es sangre que pulsa en la memoria, llama que no se apaga, color que reivindica el cuerpo como territorio político. STELLA TERRAL lo convierte en eje visual y emocional, en rastro de una vida que aún arde, que aún grita su nombre.
La cocina, en escena, es altar y trinchera. Allí la actriz prepara, habla, sirve, convoca. El público deja de observar para formar parte del rito: un encuentro donde lo íntimo se vuelve político y donde la memoria se cocina a fuego lento. En ese espacio, lo doméstico se transforma en rebelión.
Stella no se representa: se invoca
Más que un homenaje, STELLA TERRAL es una resurrección. La actriz hace del cuerpo un territorio de memoria y del teatro, un acto de posesión. Stella Díaz Varín vuelve —vieja y joven, humana y espectral— a recordarnos que el rojo no se oxida, que la palabra sigue siendo fuego y que la poesía, cuando se encarna, continúa siendo una forma de revolución.
Este comentario fue publicado por primera vez en Verso.cl
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